martes, 18 de febrero de 2014

Aventuras en furgoneta

En los sesenta los hippies las popularizaron, pero antes muchas familias camperas ya las usaban. Hoy cada vez más personas se decantan por unas vacaciones a bordo de estas casas rodantes, símbolo de libertad.

Para muchos, seguramente, lo que hicieron Marta Tibau y Marià Miño es una auténtica locura. En cambio, para ellos era una necesidad vital. Pronto hará dos años que se liaron la manta a la cabeza, dejaron sus puestos de trabajo, vendieron su piso y con cuatro ahorros y muchas ganas decidieron dar un golpe de timón en sus vidas. Mandaron a la Saioneta, como han bautizado a su furgoneta, en barco a Buenos Aires y ellos llegaron después en avión. La idea era vivir en ruta un tiempo: recorrer Sudamérica, disfrutar de la experiencia e ir grabando el viaje para poder después armar una serie de televisión.
Su historia arranca unos años antes, cuando juntos hicieron un programa para la Xarxa de Televisions Locals de Catalunya que tuvo mucho éxito. Se llamaba Furgoadictos y en él cada semana iban a conocer a personas que tenían una furgoneta camper –preparada para acampar– y dedicaban su tiempo libre a salir con ella; mostraban el vehículo, iban a quedadas de este tipo de transporte y enseñaban trucos para adaptarlas.

Tanto les gustó este mundo que acabaron por comprarse una Volskwagen California de segunda mano, hacer las maletas y partir hacia Sudamérica. “Nuestra idea inicial era viajar un año y medio, desde Argentina a Colombia, pero al poco nos dimos cuenta de que era una meta imposible, porque nos gusta quedarnos en los sitios que visitamos, conocer a la gente, disfrutar de las experiencias. Tanto es así que aún estamos por el sur de Brasil y calculamos que al menos aún nos quedan un par de años o más por Latinoamérica”, cuenta Miño, que confiesa que también les revolotea por la cabeza la posibilidad de dar la vuelta al mundo. “Quién sabe…”, dice.

Se pueden seguir sus pasos en el blog, Mmviatges.com, donde cuelgan pequeños vídeos que explican desde consejos prácticos acerca de cómo sobrevivir económicamente en ruta, hasta aspectos culturales de los lugares que visitan. “No es un año sabático –­puntualiza Tibau–, sino un cambio de estilo de vida. Poder vivir en la furgoneta y hacerlo cada día donde yo creo que es mejor, no tiene precio. Me costaría mucho volver a vivir en una casa de ladrillos. La libertad que tenemos ahora es incomparable”.

No son los únicos que opinan así. Pablo Rey y Anna Callau, argentino y catalana, llevan doce años dando la vuelta al mundo en una Mitsubishi 4x4. Han cruzado África, han estado siete años en Latinoamérica y ahora andan por Estados Unidos (Viajeros4x4x4.wordpress.com). Aunque para caso especial el de los Zaap, una familia de argentinos que desde hace trece años están dando la vuelta al mundo en un Graham Paige de 1928, que han personalizado y camperizado; empezaron siendo dos, Hernán y Candelaria Zaap, y por el camino y en continentes distintos, han ido naciendo sus cuatro hijos. Tienen un libro, Atrapa tu sueño (Argentinaalaska.com), donde explican su aventura y que es un superventas.

Otro caso conocido es el de Foster Huntington, un prestigioso diseñador neoyorquino que trabajaba para firmas como Ralph Lauren y que hace poco más de tres años renunció a su trabajo, se compró un Jeep Comanche y emprendió un viaje de miles de kilómetros por Estados Unidos. Explica sus aventuras y desventuras en Arestlesstransplant.com y ha editado, además, un libro con fotografías (Home is where you park, el hogar es donde aparcas) con algunas de sus casas rodantes con las que se ha ido cruzando.

Furgoadictos Miles de personas en todo el mundo viven sobre ruedas y en ruta, seducidos por la posibilidad de levantarse cada día en el sitio que realmente desean, conocer otras culturas, nuevas gentes. Atraídos por la libertad de poder desplazarse adonde quieran y viviendo con lo justo en unos pocos metros cuadrados, algo que atrapa a un número creciente de aficionados a las furgonetas. Basta fijarse cualquier viernes por la tarde en las salidas de las grandes ciudades para ver a estos vehículos dirigirse hacia la montaña o la costa. “En apenas 80 km te plantas en una zona de naturaleza estupenda. Paras donde quieres y duermes en rincones bellísimos de la naturaleza. Cambias el ruido del tráfico por el de los pájaros –indica Marià Miño–. Es como si tuvieras una segunda residencia, pero en lugar de pagar una barbaridad de dinero e ir a un mismo sitio siempre, tienes una furgoneta en la que puedes pasar las vacaciones, ir a distintos lugares, descubrir cosas nuevas”.

En España esta forma de moverse y de entender el viaje levanta pasiones, sobre todo en Cata­lunya, País Vasco, Madrid y Canarias, los sitios más fur­goneteros: desde parejas jóvenes que viajan con apenas un colchón y un fogón tipo camping gas, hasta familias con niños que incluso se llevan al perro y a la abuela y que están muy equipadas; también surferos, montañeros, y solteros acompañados de animales.

Muchos, antes de pasarse a la furgo llevaban moto. Es el caso de Albert Ferré. “Con mi mujer nos habíamos recorrido media Europa antes de tener a la niña. Nos gustaba viajar a nuestro aire, sin agencias de viaje, ni aviones. Nos atraía el hecho de viajar en sí, de sentir la distancia. En moto hemos llegado a ir hasta el cabo Norte, en Noruega”, explica. Tras nacer su hija, viajar en moto se hizo inviable, recordaron que en Escandinavia habían visto muchas familias en furgoneta. Tras pensarlo un poco, decidieron comprarse una de segunda mano. De eso ya hace 19 años.

Y no quedó ahí la historia. Empezaron a conocer a más familias a las que les gustaba pasar los fines de semana como a ellos y juntos montaron el Club Camper Catalunya. El primer encuentro se celebró en 1998, acudieron 20 vehículos y entonces había unos 15 socios. Hoy en día la cifra de participantes en los encuentros y de socios asciende a varios cientos. Hay reuniones casi cada fin de semana y en verano más. Algunas están organizadas por los clubs y otras muchas por los propios campistas a través de foros, como Furgovw.org, uno de los más populares y frecuentados. Para muchos, viajar en una camper “es una manera de entender la vida”, considera Ferré.

No sólo hippies. La carretera atrae a quienes poseen estos vehículos. Basta hablar con unos cuantos de ellos para percatarse de que el sentimiento que los empujar a pasarse días, semanas, meses o incluso años encerrados sobre cuatro ruedas es el mismo: disfrutar del viaje en sí y de la libertad que te dan estos automóviles para ir a donde quieras, cuando quieras y como quieras. Y saber que estés donde estés, tienes una cama cómoda esperándote.

Desde que nacieron, hace ya más de seis décadas, en Europa y Estados Unidos, han estados siempre relacionadas con un anhelo de libertad y de aventura. Quizá porque cuando surgieron parecían –y seguramente eran– la única forma de realizar un viaje asumible y también fascinante para parejas y familias jóvenes. Los hippies y los surfistas contribuyeron a popularizarlos, sobre todo, los primeros modelos fabricados por Volkswagen, como T1 y T2, las típicas furgonetas de formas redondeadas.

En los años sesenta, era frecuente verlas en festivales como el de Woodstock. “Los hippies tiraban dentro un colchón y listo. Usaban la furgoneta porque era lo único que había en aquella época que pudieran pagar. Hay muchas fotos de este periodo que han contribuido a vender la imagen romántica de que la T1, la furgoneta camper mítica de faros redondos, se fabricaba para el movimiento hippy, pero ni mucho menos. Antes que ellos ya la usaban los campistas”, reivindica Ferré.

Aquellos primeros modelos aparecieron en la portada de discos de Bob Dylan y también de los Beach Boys, lo que las reforzó como símbolo de libertad. Y se dice que el creador de Apple, Steve Jobs, tuvo que deshacerse de la suya a regañadientes en los años setenta para poder comprarse un tablero de circuitos y acabar de montar el primer ordenador de la compañía de la manzana.

“Las furgos más clásicas, como la T1 y la T2, tienen magia, encanto. Eran un icono con mucha personalidad, como tenía el escarabajo. Y suelen despertar una sonrisa en la gente cuando las ven pasar en las autopistas o las encuentran aparcadas en algún lugar. Nosotros, cuando vamos por la carretera, nos pitan mil veces al día. Supongo que resulta muy gracioso ver una furgo naranja butano, pequeña y redondita, por la autopista”, cuenta Linda Fawaz, propietaria de una Volskwagen T2.

A ella y a su marido siempre les había atraído ir de camping, viajar sin prisas, sin tener que correr para llegar acoger un avión. “Siempre nos repetíamos que ahorraríamos y nos compraríamos una furgoneta. Un día, casualidades de la vida, el director de la autoescuela en la que entonces trabajaba me comentó que su hijo, surfero, se deshacía de una T2 naranja. La fuimos a ver y era justo la que queríamos nosotros, ¡la de Scooby Doo!, una Volkswagen T2 Stanza. Estaba completamente destartalada y ya salir del parking fue toda una experiencia. De eso ya han pasado diez años y desde entonces ha sido nuestra casita con ruedas de vacaciones”, cuenta Fawaz.

Cada año han invertido un poco en ella. El motor fue lo primero que cambiaron, porque era de los años setenta, estaba muy estropeado, y los había dejado en la estacada en varias ocasiones. Luego, otra vez cambiaron la tapicería, que aún era la original; otra, la pintaron; otra, instalaron una lona. Y así. “Nos permite salir sin rumbo, comenzar a viajar sin horarios apretados”, asegura Linda Fawaz. “Cada vacaciones cogemos la furgoneta y vamos decidiendo la ruta sobre la marcha. Paramos en cualquier lugar que nos guste. Un año nos fuimos hasta Alemania porque se casaba mi hermana. Eso sí, antes pasamos por Italia, Francia, Eslovenia, Croacia y Austria. Dimos un poco de vuelta”, bromea. “Además, como no corre a más de 80 km/h, podemos ir viendo los paisajes de verdad”.

Para muchos, uno de los principales atractivos de este vehículo es la posibilidad de pernoctar en lugares muy bellos. De eso, Jordi Vendrell sabe bastante. Es aficionado a la escalada y suele ir a los Pirineos a practicarla. Hace dos años y medio se compró una Mercedes Vito de segunda mano. “Hay rincones muy bellos en los Pirineos. En especial, me gusta mucho un lugar entre Catalunya y Aragón, en el estrecho del Montsec, que ofrece unas vistas espectaculares cuando se pone el sol. Irte a dormir con esa imagen y levantarte con ella es un lujo, una experiencia muy bonita”.

Antes de tener la furgoneta, a escalar siempre había ido en coche, pero eso hacía que no pudiera dormir cerca de la zona; o que tuviera que llevar una tienda de campaña o hacer vivac, o madrugar mucho para llegar temprano. “Ahora no tengo que preocuparme de nada. Salgo el viernes por la noche, llego a donde quiero, duermo allí y, al día siguiente, ya estoy de buena mañana al pie de la pared que quiero escalar”.

Aunque las cosas se están poniendo algo difíciles para seguir haciendo eso. Los aficionados a las furgonetas se quejan de que en España, a diferencia de otros países europeos como Alemania, Francia, Bélgica, Holanda o Escandinavia, está prohibido aparcar en la mayoría de los espacios naturales y turísticos, en playas y montañas. “Es uno de los temas más debatidos en los foros. En Europa tienen lugares para autocaravanas, con puestos de agua, sumideros, lavabos, porque saben que cada vez hay más turismo de este tipo. Aquí, en cambio, los sitios turísticos, sobre todo los campings, coaccionan a los ayuntamientos. Nos ven como competencia. Y los ayuntamientos se ve que piensan que el turismo sólo deja dinero si va a hoteles. Nosotros vamos al súper para desayunar y cenar, pero a mediodía comemos en restaurantes y también gastamos. Y vamos a museos y compramos en la ciudad. Aunque claro, es cierto que sigue saliendo mucho más barato ir en furgoneta que el turismo clásico de hotel y avión. Nosotros, con 1.000 euros ya tenemos para todo un mes. Y seguramente esta es una de las principales razones por la que la gente acaba comprando uno de estos vehículos”, opina Albert Ferré.

Jugando al Tetris Aunque quizás desde fuera puedan parecer incómodas o demasiado pequeñas, lo cierto es que sorprende ver la cantidad de cosas que llegan a llevar en estos vehículos y lo bien equipados que están. Hay algunos que son verdaderas casitas, con camas, salas de estar, lavabo, cocina, calefacción, enchufes para cargar el ordenador o el móvil, e incluso ducha de agua caliente. Al final, todo depende de los recursos económicos de cada persona y también de lo manitas que sea. Porque algunos optan por echar simplemente un colchón al suelo y dormir, como la mayoría de los surferos, mientras que otros se fabrican sus propios muebles. También existe, claro, la posibilidad de comprar la furgoneta montada.

“Pero así sale muy caro –señala Jordi Vendrell–. Un modelo nuevo equipado se te va a los 60.000 euros. Yo en cambió pagué la mitad y me monté la cama. Es relativamente fácil, porque hay foros en los que la gente explica cómo ha hecho esto o aquello”.

Albert Ferré es uno de los manitas más populares entre el mundillo camper. Se compró su furgo totalmente vacía y, en tres meses, dedicándole las tardes, tuvo lista su casa con ruedas. Tiene un blog (Alcasabricos-alcasa.blogspot.com.es), en el que va colgando sus pequeños consejos e ideas para adaptar la furgoneta. Por ejemplo, hace un tiempo ideó una ducha plegable, “una especie de cabina, con cremallera para ducharte dentro de la furgo. A un furgonetero de Canarias se le ocurrió pasar el líquido refrigerante del motor por dentro del depósito de agua con un serpentín y listo, ducha con agua caliente. Hemos bautizado el invento como calentador Godio, porque ese es el apodo de este hombre en el foro”. El blog lleva apenas un año y poco y ya cuenta con más de 200.000 visitas de todo el mundo

Eso sí, por mucho que te montes el interior de la furgo como te parezca, al final es como acabar jugando al Tetris. Los furgoneteros son todo unos estrategas del montar y desmontar en apenas unos minutos. “Si quieres empezar a cocinar, quitas la cama, la conviertes en asiento, sacas la mesa que está en el techo y ya tienes listo un comedor para cuatro o un estudio para trabajar en nuestro caso”, explica Marià Miño. “La gente suele sorprenderse cuando ve todo lo que llevamos aquí. Pero es que nuestra estabilidad –concluye Marta Tibau– está en una casa con ruedas”.

Fuente: La Vanguardia.
Caravanas Costa Verde

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